A veces no existe un problema evidente.
Tu vida continúa, cumples con tus responsabilidades y puede que incluso hayas alcanzado algunos de los objetivos que te habías propuesto. Sin embargo, hay algo que no termina de encajar.
Puedes sentir insatisfacción, frustración o un vacío difícil de explicar. Sabes que necesitas algún cambio, pero no consigues identificar cuál.
En esos momentos, solemos buscar la respuesta en lo que hacemos: cambiar de trabajo, iniciar un nuevo proyecto, organizarnos mejor o marcarnos otro objetivo. Pero antes de decidir qué hacer, puede ser útil detenerse y plantearse una pregunta más profunda:
¿Estoy viviendo de acuerdo con lo que realmente es importante para mí?
La respuesta está relacionada con tus valores.
¿Qué son los valores?
Un valor es aquello a lo que das importancia.
La familia, la libertad, la seguridad, la responsabilidad, el compromiso, la salud, la alegría o el aprendizaje pueden ser algunos ejemplos. Sin embargo, los valores son subjetivos: una misma palabra puede tener significados diferentes para dos personas.
Tus valores forman parte de tu identidad y actúan como criterios internos desde los que tomas decisiones. Influyen en aquello a lo que dedicas tiempo, atención y energía, incluso cuando no eres plenamente consciente de ellos.
Cuando tu vida se aleja de lo que valoras
Nuestros valores nos ayudan a decidir nuestros compromisos.
Cuando dedicas tiempo y energía a actividades o relaciones que vulneran alguno de tus valores principales, puede aparecer resentimiento, frustración o la sensación persistente de que algo no funciona.
Imagina que la libertad es uno de tus valores fundamentales, pero has llenado tu vida de compromisos que no has elegido. O que valoras la familia, aunque tu rutina apenas te permite estar presente con las personas que quieres.
También puede suceder que la salud ocupe un lugar importante para ti, pero siempre quede relegada por otras exigencias.
La dificultad no está necesariamente en que hayas elegido mal. Quizá tus decisiones respondían a un momento anterior de tu vida o a necesidades que entonces eran prioritarias.
Los valores pueden cambiar a medida que cambia tu vida. Lo que necesitabas hace unos años no tiene por qué coincidir con lo que necesitas ahora.
Por eso, una decisión que en el pasado tenía sentido puede dejar de resultar coherente con la persona en la que te has convertido.
Tus valores funcionan como una brújula
Cuando sabes qué es verdaderamente importante para ti, resulta más sencillo tomar determinadas decisiones.
No significa que todas las elecciones se vuelvan fáciles ni que desaparezcan los conflictos. Significa que dispones de un criterio personal para valorar qué opciones se acercan más a la vida que quieres construir.
Tus valores actúan como una brújula porque te ayudan a establecer prioridades y a decidir cómo utilizar dos recursos limitados: tu tiempo y tu energía.
Si no utilizas conscientemente esas prioridades, puedes perder el rumbo y terminar dedicando gran parte de tu vida a asuntos que no producen los resultados o la satisfacción que buscas.
Conocer tus valores no consiste únicamente en elaborar una lista de palabras que suenan bien. Requiere observar si esas palabras están presentes en tu conducta cotidiana.
Puedes afirmar que la salud es tu principal valor, pero ¿se refleja en la forma en la que organizas tus días? Puedes considerar importante la alegría, pero ¿participas en situaciones que te permiten experimentarla? Puedes valorar la atención hacia los demás, pero ¿cómo la demuestras?
La coherencia aparece cuando aquello que dices valorar encuentra una expresión concreta en tu manera de vivir.
Un ejercicio para descubrir tus valores
Si no tienes claro qué es importante para ti, puedes empezar observando algunas experiencias de tu propia vida.
No busques las respuestas correctas. Los valores son personales y necesitan tener sentido para ti.
1. Recuerda una época especialmente satisfactoria
Piensa en algún momento en el que tu vida fuese intensa, estimulante y fluida.
Puede haber durado unos minutos, varias horas, semanas o más tiempo. La duración no es lo importante, sino cómo viviste esa experiencia.
Pregúntate:
- ¿Qué estaba sucediendo?
- ¿Por qué fue una experiencia tan poderosa?
- ¿Qué valores estaban siendo respetados?
- ¿Qué había en esa etapa que te hacía sentir en sintonía contigo?
- ¿Qué cualidades tuyas estaban presentes?
Anota las palabras que aparezcan. No intentes ordenarlas todavía.
2. Observa lo que te frustra
Ahora piensa en situaciones que te enfadan, te frustran o te dejan con la sensación de que algo no está bien.
Analiza cada una y pregúntate:
- ¿Qué es exactamente lo que me molesta?
- ¿Qué valor importante para mí no está siendo respetado?
- ¿Qué necesidad está siendo desatendida?
- ¿Qué echo en falta en esta situación?
La frustración puede ofrecer información sobre aquello que valoras. Si te molesta profundamente una injusticia, quizá la justicia sea importante para ti. Si te cuesta aceptar que alguien incumpla un acuerdo, puede que valores especialmente el compromiso o la responsabilidad.
3. Pregúntate qué necesitas para ser fiel a ti
Después de revisar esas experiencias, piensa en las cosas sin las que te resultaría difícil sentir que estás siendo tú.
Pregúntate:
- ¿Qué es verdaderamente importante en mi vida?
- ¿Qué necesito conservar para seguir siendo fiel a mí?
- ¿Qué forma parte de mí y todavía no he incluido?
- ¿Qué cualidades quiero que estén presentes en mi manera de vivir?
- ¿Qué valores aparecen detrás de mis objetivos?
Haz una lista inicial de entre ocho y diez valores. Por ahora, no te preocupes por el orden.
4. Crea tu jerarquía de valores
Revisa tu lista e intenta reducirla a cinco, seis o siete valores fundamentales.
Después pregúntate:
Si solo pudiera conservar uno, ¿cuál sería el más importante?
La respuesta ocupará el primer lugar. A continuación, repite la comparación para identificar el segundo valor y continúa hasta ordenar la lista.
Este proceso puede resultar complicado porque exige reflexionar sobre prioridades que quizá nunca habías formulado de manera consciente.
No se trata de establecer una clasificación definitiva. Tu jerarquía puede cambiar con el tiempo y con las distintas etapas de tu vida.
El objetivo es comprender qué valores están dirigiendo actualmente tus decisiones.
5. Comprueba si están presentes en tu vida
Una vez que hayas ordenado tus valores, observa si tu vida cotidiana los refleja.
Para cada uno de ellos, pregúntate:
- ¿De qué manera está presente este valor en mi vida?
- ¿Qué decisiones demuestran que es importante para mí?
- ¿A qué le dedico realmente mi tiempo y mi energía?
- ¿Qué distancia existe entre mi satisfacción actual y la que deseo?
- ¿Qué parte de mi vida no está alineada con este valor?
Puedes puntuar del uno al diez tu grado de satisfacción actual con cada valor y señalar qué nivel te gustaría alcanzar.
La diferencia entre ambas puntuaciones puede mostrarte posibles objetivos. Si una persona valora mucho la conexión, pero siente que apenas está presente en su vida, quizá necesite crear más espacios de encuentro. Si valora la creatividad y no encuentra ninguna forma de expresarla, puede empezar a plantearse cómo recuperarla.
De los valores a la acción
Identificar tus valores puede darte claridad, pero el proceso no termina ahí.
Si descubres que alguno de tus valores fundamentales no está presente en tu vida, piensa en una medida concreta que pueda aportar más coherencia.
Pregúntate:
- ¿Qué acción puedo realizar para vivir de acuerdo con este valor?
- ¿Cuándo voy a llevarla a cabo?
- ¿Qué obstáculo podría encontrar?
- ¿Cómo puedo prepararme para superarlo?
- ¿Qué señal me permitirá reconocer que estoy avanzando?
La acción no tiene que ser grande.
Si valoras la familia, quizá el primer paso sea reservar un tiempo determinado para estar presente sin otras distracciones. Si valoras la salud, puede consistir en incorporar una acción concreta a tu rutina. Si valoras el aprendizaje, podrías recuperar una actividad que habías dejado de lado.
Lo importante es que el valor deje de ser únicamente una palabra y encuentre una expresión visible en tu conducta.
Después, establece un momento para revisar tus progresos. Observa si la acción elegida continúa teniendo sentido y modifica el plan cuando sea necesario.
Volver a lo que importa
Cuando algo no encaja, la respuesta no siempre consiste en cambiarlo todo.
En ocasiones, necesitas detenerte y observar qué es importante para ti, qué lugar ocupa actualmente en tu vida y qué pequeña acción podría ayudarte a recuperarlo.
Este proceso puede hacerse de manera individual. Sin embargo, cuando te encuentras desorientado o no consigues distinguir entre tus propios valores y las expectativas externas, una conversación de coaching puede ayudarte a reflexionar, ordenar tus prioridades y relacionarlas con objetivos concretos.
No se trata de que otra persona te diga cuáles deberían ser tus valores. Solo tú puedes decidir qué es verdaderamente importante para ti.
Quizá esa sensación de insatisfacción no signifique que toda tu vida esté equivocada.
Puede ser una invitación a volver a escucharte, revisar tu brújula y comprobar si la dirección en la que avanzas continúa siendo la que deseas.
Si necesitas aclarar cuáles son tus valores, revisar tus prioridades o convertirlas en objetivos concretos, podemos trabajarlo en un proceso adaptado a tu situación, contacta conmigo sin compromiso

